Y si no hubiera salida? Al menos con el modelo económico actual. Algo que se reconoce al repetir por doquier que “ya nada será igual”. Las medidas de austeridad aprobadas por el Gobierno español a instancias de la UE y Estados Unidos señalan el fracaso de las tradicionales políticas keynesianas de aumento del gasto público para compensar la caída de la demanda privada debido a la restricción del crédito.
¿Y ahora qué? Pues a sobrevivir y esperar que pase el temporal. Porque en la rebotica se agotaron las recetas. Ganar tiempo mientras se reactiva la economía mundial. El problema es que no se sabe de dónde puede venir dicha reactivación. Alemania se instala en su propia austeridad, el Consejo Europeo impone disciplina fiscal en toda la Unión so pena de expulsión a las tinieblas exteriores a la zona euro, allí donde pululan pesos, pesitos y pesetas sin que nadie te los cambie. EE. UU. tiene un enorme déficit fiscal y una deuda pública impagable a medio plazo y sólo se salva de la intervención del FMI porque es su amo. Aunque el incremento de productividad impulsa un repunte estadounidense, ello se traduce en mercado para los países emergentes, nuevos centros de acumulación de capital. España es el último país en el que piensan los inversores extranjeros en este momento. Es más, nos hemos convertido en la última línea de defensa del euro y por consiguiente el margen del Gobierno en política macroeconómica es nulo.
Podría pensarse en nuevas formas de relación entre economía y sociedad. Y aquí es en donde tenemos las carencias más graves. Faltan imaginación, conocimiento y audacia. Nos hemos quedado en apretar unos pocos botones de acción sobre la economía y cuando ninguno funciona vamos poniendo parches esperando que nos salve el mercado, esa nebulosa impredecible que se resiste a modelizaciones basadas en supuestos arbitrarios. ¿Y si experimentáramos? Porque, de perdidos, al río. Por ejemplo, lo primero que se piensa es en bajar los sueldos en el sector público. Lo cual reduce demanda, cabrea al personal y arriesga una paz social esencial en tiempo de crisis.
¿Por qué no compensar la bajada de salarios reduciendo horas de trabajo, con criterios pactados con los sindicatos?
Macroeconómicamente es igual, pero microsocialmente cambia mucho, sobre todo para mujeres con triple jornada. La productividad en el sector público es baja, con reorganización y tecnología se podríamantener el nivel de prestación de servicios con menos tiempo. Si el invento funciona, podría tener un efecto de demostración sobre el sector privado. Para que funcione hace falta un cambio cultural, porque el tiempo libre se traduce en aburrimiento cuando se está acostumbrado a vivir para consumir. La potenciación de actividades lúdicas y creativas por la sociedad y la administración local podría coadyuvar a valorar el tiempo como expresión de vida.
¿Congelar pensiones?
Es un parche a corto plazo que no resuelve el gran problema: una insostenible tasa de dependencia que no cesa de aumentar (47 dependientes por 100 activos). Solución: incrementar la productividad por activo y subir la edad de jubilación.
En lugar de un límite de edad igual para todos, injusto y poco eficiente, se podría plantear, a partir de los 60, una jubilación flexible alargando más allá de los 70 la actividad a quienes quieran y puedan. Esto implicaría controles de capacidad profesional a partir de cierta edad (como con el carnet de conducir) y cursos de reciclaje para evitar la obsolescencia de la fuerza de trabajo.
Lo que no va son las prejubilaciones incentivadas que disminuyen activos y aumentan pasivos antes de tiempo por conveniencia de empresas y administraciones. Aumentar años de trabajo de los mayores no quita empleo a los jóvenes, pues los datos muestran que son dos mercados de trabajo distintos.
En cualquier caso, crear empleo sigue siendo la base del equilibrio fiscal y del bienestar social.
Para ello lo más eficaz es incentivar el emprendimiento y las pymes, principales fuentes de empleo y de innovación.
Parte de las ayudas a grandes empresas en industrias condenadas por la deslocalización se debería reconvertir en financiación de capital riesgo a disposición de emprendedores . Y es aquí también en donde podría centrarse la reforma laboral. A saber, flexibilizar el contrato laboral según la dimensión de la empresa, para que las pymes puedan disponer de mayor margen de maniobra en la gestión de su personal. Asimismo, fiscalidad y contribuciones a la Seguridad Social deberían ser más favorables para las pymes. En lugar de reglas burocráticas de contribuciones al Estado por igual para todas las empresas, se trataría deestablecer un sistema variable y negociado que favorezca a las empresas que crean empleo en lugar de penalizarlas.
En fin, el aumento de la productividad es la clave.
Sólo se puede salir de la crisis con un incremento sustancial de la productividad que abarate costes y aumente calidad y competitividad. Productividad por hora trabajada, que puede ir compaginada con reducción del tiempo de trabajo, en consonancia con la experiencia histórica. Incremento de productividad quiere decir inversión en I+ D y en mecanismos de transferencia a las empresas; innovación tecnológica y organizativa del sector público, empezando por sanidad y enseñanza, agujeros negros de la productividad y bastiones de rutina burocrática; desarrollo de la cultura emprendedora en las universidades; y fiscalidad al servicio de la inversión productiva.
El reverso de la medalla: ponérselo difícil al sector inmobiliario, lastre de nuestra economía, y aplicar, con el resto de Europa, un nuevo impuesto a las transacciones financieras que reporte pingües ingresos y limite la especulación.
Salir de la crisis podría ser posible, pasando por la necesaria austeridad, si recuperamos los orígenes del emprendimiento industrial y los mezclamos con la nueva economía de valor tiempo. No es utopía, hay brotes en toda la geografía económica.
Lo utópico, y peligroso, es empeñarse en restaurar un capitalismofinanciero virtual que agotó su curso histórico.
OTRO MODELO PRODUCTIVO?

A pesar de la importancia de las medidas adoptadas hasta este momento para hacer frente a la crisis – en España y en todos los países OCDE -, poco se ha avanzado en cuanto a la necesaria reorientación del modelo productivo hacia una mayor sostenibilidad. Antes de continuar, quisiera explicar lo que entiendo por sostenibilidad, a la vista del abuso de este término y de la consiguiente pérdida de su sentido más profundo. Un desarrollo más sostenible significa, a mi juicio, un desarrollo más equitativo – para que un número creciente de ciudadanos acceda a un mayor bienestar duradero -, más responsable – utilizando menos recursos naturales y provocando menor contaminación -, y más inteligente – aprovechando los avances científicos, con una visión de largo plazo -. ¿Y la “sostenibilidad económica”? Creo que la economía debe ser entendida como un medio, al servicio de ese modelo de desarrollo más justo, más responsable, más basado en el conocimiento. Un enfoque, pues, muy diferente al de considerar el crecimiento del PIB como un objetivo en sí mismo, sin tener en cuenta el impacto social y ambiental de lo que se produce (y de cómo se produce y se consume).
Hoy día disponemos del conocimiento científico y técnico para hacer frente a los desafíos ambientales y sociales de nuestro tiempo. Incluso, en plena crisis, disponemos de ingentes recursos económicos, que se han aplicado a “restaurar” el sistema financiero, sin condicionar – hasta ahora – esa ayuda a un cambio profundo del paradigma económico causante de la crisis. Afortunadamente, en algunos países (EEUU, China, Corea…) una parte muy significativa de los estímulos públicos se están destinando a potenciar el uso y la investigación en energías renovables, en eficiencia energética, en calidad de las aguas, en descontaminación, en reforestación….demostrando, además, la capacidad de innovación y de creación de empleo asociado a una mayor sostenibilidad. Pero la magnitud de las desigualdades sociales y del deterioro del planeta (estrechamente correlacionados) exige políticas más generalizadas y más ambiciosas.
Una reorientación no “cosmética” del modelo productivo supone hacer frente a poderosos intereses creados que se resisten ante una redistribución de la riqueza global. Es aquí donde resulta más importante que nunca la voluntad política, para que la acción pública garantice el disfrute por parte de todos los ciudadanos del planeta – los ciudadanos de hoy y los que nacerán mañana – de derechos esenciales para una vida digna y saludable: el derecho a un aire no contaminado, el derecho a suficiente agua potable, el derecho a la biodiversidad (imprescindible, por ejemplo, para garantizar la alimentación)…
El cambio del modelo productivo exige actuar con determinación, a partir del conocimiento existente. Sabemos, por ejemplo, que todos los combustibles fósiles tienen fecha de caducidad. En el caso del petróleo, apenas unas décadas. Ello comporta su encarecimiento irreversible (como señala la Agencia Internacional de la Energía, “se ha acabado la era del petróleo barato”), y un riesgo creciente de accidentes gravísimos, como el de BP en el Golfo de México. La respuesta inteligente – y responsable – es, por lo tanto, la de una apuesta mucho más decidida por las energías renovables, las únicas cuyo recurso es inagotable y gratuito, con tecnologías cuyos costes seguirán decreciendo de forma proporcional al apoyo público que reciban.
Pero la sostenibilidad requiere mucho más que cambios tecnológicos. Exige cambios profundos en nuestra percepción del bienestar, excesivamente condicionada por el consumismo y el despilfarro de los países más ricos.
Si queremos que los elementos básicos del bienestar (la alimentación, el agua, la salud, la movilidad…) sean accesibles para todos los ciudadanos, hay que gestionarlos con nuevos criterios. Por ejemplo, de acuerdo con la denominada “economía de la funcionalidad”. Si hoy se despilfarra tanto es, entre otras cosas, porque a las empresas les interesa producir bienes muy perecederos… El bienestar asociado a estos productos puede obtenerse, también, si se usan en alquiler, en lugar de ser adquiridos; ello favorece la producción de bienes mucho más duraderos, ya que, en ese caso, las empresas obtienen sus beneficios mediante la venta de servicios de gestión y de mantenimiento. Existen ya experiencias, en el sector de los equipamientos informáticos, del automóvil…que cabría extender mucho más.
Y en cuanto a la alimentación, resulta urgente un reorientación de dietas excesivamente basadas en la ingesta de proteínas animales, del todo insostenibles tanto desde el punto de vista de la salud como del uso del agua y de la tierra, así como de los efectos inducidos por la ganadería en relación con el cambio climático (equivalentes a más del 20% de las emisiones totales de gases efecto invernadero).
Con carácter general, la reorientación del modelo productivo requiere de ciudadanos mucho mejor informados sobre la profunda inequidad y sobre los riesgos (para su salud y para la del planeta) del actual modelo, así como sobre alternativas existentes; y de un cambio de planteamiento por parte de los responsables públicos, a partir de la comprensión de la sostenibilidad como una nueva dimensión de la lucha por la igualdad y por el progreso.
Cristina Narbona